Oro, incienso y mirra.
De pequeños nos enseñan que cuando llegaron los reyes magos
a adorar al niño Jesús, le entregaron oro, incienso y mirra.
Oro, como símbolo de quien iba a ser Rey.
Incienso, porque era un Dios o porque sería adorado.
Mirra, porque era un hombre.
Cuando preguntabas a un adulto que qué era aquello de la
mirra, te dicen que un ungüento o un perfume.
Ahora con cierta edad, sabes que la mirra era un ungüento para perfumar,pero que se ponía a los muertos en el momento de embalsamar.
Era la mortalidad como hombre, lo que significaba esta
ofrenda. Y aunque sólo nos quedemos con el nombre de la mirra, no descubrimossino con tiempo, el destino que le deparaba. Podriamos pensar que ese regalo era no solo un signo del destino, sino un anticipo.
Un dios mortal, un dios que tendría todo el poder del mundo,
que sería adorado por muchos, pero que tendría un final.
Entiendo que los niños no supieran su significado, porque
podrían asustarse pensando que ese momento de regalos que es la Navidad, es el anuncio también del futuro, de un final, y eso les podría hacer pensar que las personas tienen un final, y son muy pequeños para poder tener esos pensamientos.
Ahora, con cierta perspectiva, creo que si nos dijeran esto,
diríamos: ah, bien, qué interesante, para acto seguido ir a otra cosa. No llegaría ese pensamiento a la cabeza, no porque no pudiéramos entenderlo, sino porque nos defendemos continuamente de que esa idea llegue materializarse como
una realidad. Al fin y al cabo será una realidad en todos nosotros, pero nos esforzamos en dejar ese pensamiento para mañana.
En decirnos que qué se le va a hacer, no podemos evitarlo, y
si pensamos en ello entonces, la idea es tan turbadora, tan triste, tan hipnótica, que piensas y piensas, dejando que estos pensamientos impregnen tu día a día. Algunos lo llaman depresión y supongo que es peligrosa cuando puede arrastrarnos a todos nosotros al no-vivir en vida. El convertirnos no en un
no-muerto como se decía en la literatura a los zombies o vampiros. Sino en un no-vivo, que podría acuñarse a este estado de pensamiento continuo sobre la muerte, sobre lo poco que vale nuestra vida, sobre el significado de estar en el universo, si realmente vale la pena levantarse a las 8 para irse a trabajar, si
vale la pena comprar o vender, si vale la pena tantas cosas.
No nos planteamos sin embargo si vale la pena enamorarnos,
si vale la pena divertirnos, si vale la pena el conocimiento, si vale la pena ayudar a los demás, si vale la pena hacer que el mundo sea como nosotros queramos. Quizás de esta manera, aunque inesperada, podamos conseguir la inmortalidad.
